LAS VENTANAS DEL CIELO. Gonzalo Giner

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NOVELA HISTÓRICA Y DE AVENTURAS. 731 PÁGINAS.

Gonzalo Giner es otra de las apuestas seguras, uno de esos escritores que sé me va a hacer reír y llorar, que me va a introducir de lleno en la época que describe siendo yo misma la que pise esas calles y pasee por sus ciudades, la que navegue en las naos, la que se mueva por el desierto del norte de África… amando a unos personajes y odiando a otros… Y, sí, así fue.

Con “El sanador de caballos” conquistó a muchos, muchísimos lectores; con “El jinete del silencio” me cautivó y siguió cultivando mi sensibilidad hacia los caballos y en éste caso, a las idiosincrásicas características de su protagonista. Desde aquí los recomiendo a aquellos lectores que aún no los hayan leído.

LAS VENTANAS DEL CIELO nos lleva al S. XV, nos hace viajar primeramente a Burgos, donde la familia Covarrubias mantiene un rico negocio de lana, aquél “oro blanco” de las ovejas merinas trashumantes tan apreciado en Europa.

Fernando de Covarrubias tiene un hijo y un hijastro; sólo uno de ellos será la cabeza del negocio familiar cuando él lo abandone. A partir de aquí se irán viendo las personalidades de los dos hermanastros: la nobleza de uno y la ambición sin medida del otro, ambición que le llevará a engañar, robar, manipular y hasta maltratar.

La ambición, el dinero… serán los motores que lleven a traiciones, a mentiras familiares que harán que uno de los hermanastros tenga que huir cuando descubre la realidad. Será perseguido para que no pueda desvelar las maniobras de los manipuladores. Se hará marinero por casualidad y llegará a Terranova, donde los marineros vascos mantenían bastante en secreto un zona rica en ballenas y bacalaos. Conocerá la bondad y nobleza humanas en Obeko y sobre todo, en Azerwan, pero también la vida dura de aquellos que se pasan semanas, meses en alta mar; gente ruda, pero con un gran corazón.

Sentía que estaba aprendiendo a vivir, a exprimir el poco tiempo libre que le quedaba y a compartir sus agotadoras jornadas con una gente noble, ruda, sin duda de baja cultura, pero alegre, y sobre todo leal.

Un sueño le llevará a Ifriquiya y a  las salinas de Túnez, donde descubrirá que el fanatismo puede ser el mayor enemigo de ser humano, destrozando todo lo que encuentra a su paso,  y que la bondad no entiende de razas ni de religiones.

La vida en el desierto se ha movido desde el origen de los tiempos por unas leyes que llamamos Makarim. Leyes que se convierten en virtudes y caracterizan al pueblo beduino, como son la generosidad, la obediencia a los tuyos, la lealtad y equilibrio, asumir el desafío con firmeza y la paciencia en el infortunio.

Después de tanto viaje y gracias a un corazón sabio y noble descubrirá su verdadero don, la emoción de saber qué es aquello que debe  hacer en esta vida; sabrá al fin a qué quiere dedicar el resto de sus días, ya que, hasta entonces, había sido un alma “rebelde”. Rebelde porque no se ajustaba a lo que se esperaba de él, porque en su interior llevaba la llama del arte, que nada tenía que ver con el negocio para el que se supone que estaba destinado. Habrá descubierto lo que Ken Robinson llama “el elemento” (“esa facilidad natural para hacer una cosa; una comprensión instintiva de cómo funciona algo y cómo utilizarlo”). Y llegará al mundo de las vidrieras.

He asumido con renovada esperanza la realidad de que mi futuro va a depender de ahora en adelante de lo que yo pueda hacer y no de lo que los demás quieran que haga”

Demostrará su talento en este arte y los lectores, después de leer este libro, entraremos en las iglesias y catedrales fijándonos mucho más en sus vidrieras. Aprenderemos que…

Las vidrieras no se concibieron como un recurso estilístico más para adornar un templo. Si solo lo vemos así, nos equivocamos. Son las ventanas del cielo, la comunicación entre la divinidad y el hombre. Son el resplandor de la Verdad. Se idearon como un instrumento doctrinal para un pueblo que no sabía leer, eran biblias de vidrio”.

Nos enamoraremos de ese arte valorando todo el esfuerzo llevado a cabo desde que fueron tierra, pasaron por fuego y agua para ser parte del aire, para ser magia lumínica que sea capaz de inundar de sensaciones nuestro ser, que como dice Giner en “Nota del autor”:

(…) experimenta las sensaciones que producen. Si eres religioso, sin duda alguna te ayudarán a comunicarte con Dios durante unos minutos; para eso se hicieron. Y si no lo eres, déjate transportar por ellas. Quizá inicies un viaje al interior de ti mismo que llene tu corazón de paz, o quizá te conduzcan a un mundo que no hayas pisado todavía: el de la trascendencia”.

Con todo esto, Giner conseguirá una vez más que el libro sea una auténtica adicción. Durante el tiempo que me duró, lo llevé a todas partes a pesar de sus más de 700 páginas, no podía separarme de él. La documentación histórica es excelente, sobre todo la que concierne a la creación de los vitrales. Los escenarios están magníficamente descritos; los personajes sacarán toda tu gama de emociones y por momentos, muchos momentos, tendrás el corazón en un puño.

Gonzalo Giner se había puesto el listón muy alto, pero ha sabido superarlo con creces.

¡Enhorabuena Gonzalo!

¡¡FELICES LECTURAS!!

Mónica H. Barbón

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