PATRIA. Fernando Aramburu.

 https://i1.wp.com/cultura.elpais.com/cultura/imagenes/2016/08/29/babelia/1472488716_680855_1472488717_535971_sumario_grande.jpgNOVELA CONTEMPORÁNEA. 648 PÁGINAS.

  La recomendación de PATRIA me llegó por varios frentes al mismo tiempo. Todos decían lo mismo: “tienes que leerlo”. Y todos acertaron, tenía que leerlo. Pienso que deberían leerlo todos los españoles que en algún momento de su vida coexistieron con este gran problema de nuestro país.

  Un amigo me envió un comentario. Me ha parecido que yo no podría expresar mejor lo que sentí al leer PATRIA: la soledad de las víctimas, la cobardía de los que miraban hacia otro lado, y también la valentía de los que se enfrentaban a la dura realidad, la valentía de los que no comulgaban con lo que estaba pasando aunque les fuera la vida en ello (nunca mejor dicho). La valentía de los que lucharon (y lo siguen haciendo) porque se hiciera justicia en todos los sentidos.

Dejo  el comentario de mi amigo anónimo. Le doy las gracias desde aquí por dedicar su tiempo y su esfuerzo para “alimentar” mi blog (aunque en principio no fuera pensado así). ¡Gracias!

Lo que me gustó de Patria es que veía reflejado lo que siempre pensé que era aquello, algo de lo que los telediarios, los periódicos, y, por supuesto, los políticos, no hablaban jamás: la soledad de las víctimas.

Y con víctimas no me refiero en este caso a los asesinados, obviamente. Me refiero a los que eran elegidos como objetivo (qué eufemismo tan abyecto), y a sus familias. En esos pueblos donde todos se conocen, tan pequeños pero casi con estructura urbana, si tu nombre aparecía en un cartel, pintado en un muro, no hablemos ya si aparecía dentro de una diana, te convertías en un leproso, un apestado, un reo de muerte al que ninguna “última voluntad” le era concedida. Sencillamente, dejabas de existir para la comunidad. Mejor dicho, dejabas de existir para aquellos que supuestamente te apreciaban, eran tus amigos, o, te saludaban al pasar –para los demás, para los cachorros de ETA era el comienzo de la caza-.

Volver la mirada, cruzarse de acera, y los más valientes ¡qué valientes!, una llamada intempestiva a casa para decirte, chico, entiéndelo, no es que piense como ellos, no, no, para nada, pero ya sabes cómo está la cosa, oye, mucho ánimo, ¡agur!

Y cuando te quedabas, echando un valor que los demás jamás tuvieron, estabas solo, en la soledad más insolidaria e inhumana. Hasta que te asesinaban. Y entonces iban a tu viuda no a consolarla, sino a decirle que mejor se fuera, que verla pasear por el pueblo o ir a hacer la compra era una provocación, que creaba mal ambiente en el pueblo. Y los cachorros, a recordarle que tenía que devolver antes de irse la bala con la que le habían volado los sesos al marido, ¡que se la había quedao el muy cabrón!

Para mí, la sociedad vasca es profundamente cobarde: no sé cómo serán las demás, pero esa lo fue. Cobarde, miserable, ruin. “Algo habrá hecho”, era la frase cómoda que justificaba su cobardía cada vez que había un atentado o que se señalaba a alguien. Una sociedad que permitió la persecución y el acoso de los que no eran nacionalistas”.

¡FELICES LECTURAS!

Mónica H. Barbón

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